Publicado por Teresa - el 03/08/2017 - Archivado en Familias y educación emocional - 0 Comments

Vas de aquí para allá, ocupándote de tus hijos y de un sinfín de quehaceres. Y de repente, un día te das cuenta de que esas charlas que tenías con tus “peques” mientras ibas en el coche, estabais en el baño, en la cocina, o en otros lugares “poderosos”, se han esfumado…

La adolescencia es una etapa con mucha variabilidad, entre y dentro de las familias. Los hijos están en un proceso de cambio y de descubrimiento en el que muchas veces impera la apatía y los cambios de humor frecuentes, así como su radicalidad en evaluar las situaciones y na alta emotividad.

Puedes ver el vídeo sobre los adolescentes y la apatía en donde te explico la importancia de detectar las causas para poder abordar el problema que subyace.

Los padres no somos perfectos, por lo que, dependiendo del tipo de comunicación que hayamos potenciado durante la infancia, nos será más o menos llevadera.

¿Qué ha ocurrido?

Tus hijos han llegado a un período en el que tú ya no eres su referente. En esta etapa están influenciados por su grupo de iguales y admiran más a los bloggers de Youtube que a ti. Hablan y comentan sus problemas con sus colegas sin ningún problema y a ti te dejan de lado, sin explicarte lo que tanto esperas y quieres saber.

Si tenías una comunicación eficiente con tus hijos en la infancia, tan solo has de seguir esforzándote por hacerlo lo mejor posible para conseguir una buena relación y ayuda. Si lo has hecho un poco peor, tendrás que armarte de paciencia e implicarte aún más son el objetivo de no llegar a vivir como huéspedes bajo el mismo techo.

¿Cómo mejoro la comunicación?

  • Acepta los cambios en esta metamorfosis, son necesarios y adaptativos para ellos.
  • Escucha, escucha y escucha. Es clave que, cuando hablen, aunque sea poco, muestres una actitud con voluntad de escucha activa. La calidad es mejor que la cantidad.
  • Focaliza la atención en tu hijo adolescente para mostrarle tu interés.
  • Propicia un mayor contacto, mirándole a los ojos
  • Repite con otras palabras y brevemente lo que has entendido: “Así que te lo has pasado bien en…”
  • Detecta tus emociones de enfado o de rabia y, si son intensas, espera a dialogar en otro momento.
  • Valida sus emociones y sentimientos: “Entiendo cómo te sientes…”
  • Incita a que busque una solución y aprenda a negociar: “¿Cómo podríamos resolver esto? ¿Se te ocurre una manera mejor…?” Mantén un equilibrio entre control y autonomía.

¿Qué no debo hacer?

  • Interrogar: “¿Dónde has estado?, ¿Con quién?, ¿Por qué…?
  • Sermonear: “Cuando yo tenía tu edad…”, “Antes no había estos problemas…”
  • Juzgar: “Esto no puede ser…” “¡Cómo has podido…!” “¿Crees que es normal que…?”
  • Etiquetar, menospreciar, insultar, comparar, criticar: “Eres un torpe, tonto…”, “Tu hermano sí que…”

Si tu objetivo es potenciar el diálogo, conocer sus intereses y que se rodeen de un ambiente positivo, ocúpate de cuidar la comunicación, tanto la verbal como tu lenguaje corporal. Un estilo autoritario e impositivo que utilice amenazas, sarcasmos, con poca efectividad y afectividad, te alejará de conseguirlo.

Por un lado, es importante que muestres una actitud de acercamiento, afecto, buena información y regulación emocional. Por otro, que abandones la intolerancia, la fuerza y las excesivas “dosis de razón”. Esta fórmula te ayudará a recuperar o a mantener la comunicación, y a evitar que tu casa se convierta en un campo de batalla, o en un cementerio.

Ten presente que los valores que tus hijos han aprendido de pequeños no han desaparecido. Si sabes llevarlo bien, vendrá a ti más de lo que imaginas. Cuando más lo necesiten, buscarán a un padre y a una madre receptivos y comprensivos que estén dispuestos a escucharles y a aconsejarles.

 

 

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